La Charquita

Mi nombre es Helena Montenegro, soy periodista pero necesitaría veinte párrafos para una carta de presentación, así que hice un blog.

Sueño de siete escaleras en otoño y una fotografía analógica

Escribo esto desde el salón de la casa familiar de mi madre. Todo sigue como en las imágenes detenidas hace veinte años, a pesar de que los muebles han cedido su lugar a otros menos desgastados, que las paredes envejecen el verde fluorescente impregnado sobre el gotelé y que mis ojeras no son las mismas a las que buscaron  aquí la paz por primera vez en solitario. A pesar de las heridas del envejecimiento que agrietan techos y paredes, los cuadros sustentan la casa desde sus lugares primigenios.  

La mesa extensible del comedor hace años que no se abre para recibir a más de cuatro comensales. Antes, la casa respiraba vida entre sus primeras grietas y cuatro sillas eran escasas para una sobremesa. El recuerdo de mi abuelo pervive justo aquí, en una fotografía analógica en la que soy mecida entre sus brazos al ritmo del llanto propio de los primeros contactos con el mundo.  

El álbum familiar juega con el conocimiento de todas las lagunas que la memoria no alcanza, el abrazo entre la vida y la muerte que sustenta el recuerdo sobre los pilares del hogar donde la memoria no llega.  
 

Me encantaría escribir estas líneas desde el balcón, con vistas al silencio natural adornado por los gallos, o las brisas frescas de un otoño que desde aquí viste colores flotantes. Las hojas dibujan surcos hipnóticos en el aire para anunciar una nueva estación que se desprende de los árboles sin necesidad de adivinarlo entre torres. Sin embargo, me resguardo en interiores de la absurda caducidad tecnológica que agota mi ordenador sin toma de corriente y a sabiendas de que lo que escribo sobre el papel, sobre el papel se quedará. 

Las ideas que aquí pienso las escribo al ritmo que las teclas me lo permiten. Resisto entre la paciencia de retomar el cauce del ratón, que abre y cierra pestañas a su antojo, y la resistencia de retener frases completas sin desviar el hilo hacia otras que podrían ser mejores para, al final, olvidarlas todas a la mitad.  

Aquí la memoria sobrevive al paso del tiempo. Aquí guardo los recuerdos más felices de mi vida. Esa felicidad adictiva del entorno temporal, pero perpetuo, que reconstruye mi personalidad sensible cuando la urbe me destruye. Escucho los sonidos de mi entorno a sabiendas de que solo me quedará recurrir al recuerdo en mi regreso a una rutina que ahoga y desespera cuando ni el tiempo ni el dinero son suficientes. Me faltan horas para vivir el día y efectivo para pagar de más los vicios de la supervivencia.  

Suena el silencio, suenan las voces conocidas, tres o cuatro coches de paso y algunos animales que me despiertan a la misma hora. Suenan las sillas para hacerle sitio a uno más en la mesa, suenan botellines apilándose hasta rebosar la mesa, reencuentros y abrazos congelados en el tiempo que marcan que otro año ha terminado y que somos un poco más viejos que el anterior. Suena la verbena y las vendedoras alegrando el mercadillo, los motores de un tractor y nuestra canción favorita para despedirnos del idilio más absoluto.  

Aquí dejo paso a la reflexión. Mis oídos dan paso a melodías distintas. Las canciones dedicadas o los discos prohibidos no tienen cabida, ni las cartas abandonan al remitente. Escucho Antonio Vega, La Habitación Roja, Jarabe de Palo, Enrique Urquijo… Una extensa lista de nombres que fueron quedándose a vivir en las infinitas carreteras que son la antesala a un verano eterno, a un amor sin desencuentros ni desengaños que ama sin excusas y que dibuja la banda sonora más bonita de la estación deseada.  

Las canciones se deslizan desde mi niñez entre los rincones para resguardarse de la distancia y vuelven a reproducirse al regresar. Del casete dieron el salto a los cds, y de los discos al formato inalámbrico. Sus carcasas perviven en un cajón con otro puñado de cosas viejas cubiertas de una capa de polvo y de nostalgia.  

Si cantara sobre sobre este recuerdo, lo haría desafinando, y si escribiera sobre estas curvas, lo haría con faltas de ortografía. Ahora termino esta carta de amor al amor correspondido, desde las calles de la urbe, donde las cicatrices sangran dolores pasados y el aire contamina mis ansias de regreso entre citas ineludibles.  

Si pudiera volver, volvería, y si pudiera cantarte o escribirte, lo haría desafinando y con faltas de ortografía para olvidar la ausencia de tus rincones mudos. 

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