La Charquita

Mi nombre es Helena Montenegro, soy periodista pero necesitaría veinte párrafos para una carta de presentación, así que hice un blog.

Compré el periódico y de paso traje pan

Hace poco echó el cierre otro negocio local de mi pueblo. Un cartelito de papel enuncia que sus puertas de rejas rosas no volverán a abrirse a los vecinos que normalmente aprovechaban para comprar el pan ya que pasaban por ahí, a los niños que juegan en la plaza de al lado para juntar céntimos y llenar una bolsa de chuches, o a los aventurados como mi padre que todavía bajaban sábado y domingo para recoger su periódico a papel.

El primero fue mi abuelo. Cada domingo nos esperaba la mesa puesta y la correspondiente edición sobre la mesita del café. Yo ignoraba las palabras contenidas entre papel áspero, tenía una sección predilecta que amontonaba menos letras y juntaba más dibujos; una tira de cómic que, si bien no entendía, disfrutaba. Luego desapareció. Un día dejé de encontrarla y entendí por primera vez lo que era la pérdida, la superficial, la de las cosas que no hacen falta pero que se arraigan al recuerdo infantil.

Esa tienda de color rosa palo cubierta de rejas, carcomido en alguna esquina, a la que se accedía bajando un par de escalones y en cuya entrada siempre rezaba una pizarra de que “hay pan” cierra su puerta de bisagras indefinidamente. Se despide de los niños que comen chuches en la plaza después del colegio, de los que todavía compran pan fuera del supermercado, bazar o gasolinera, y de los románticos del tiempo presente y sosegado que husmean entre el olor a tinta para entender el entorno.

Mi padre y yo no renunciamos a comprar el periódico a papel los fines de semana. Hay un pacto tácito por medio del cual yo me quedo la tarjeta de suscripción y él muestra el QR del teléfono según a quién le toque ir a recogerlo. Extraño, porque generacionalmente cuadra más que sea al revés, pero evidente, en cuanto al rol de padre/hija. Él posee la información de primera mano y juega a pasarme diariamente todas las newsletters a las que me he suscrito con su correo electrónico y yo le agradezco y le comparto algún que otro destello oscuro que sucede entre bambalinas.

Todavía hay negocios en los que no se pide la tarjeta, solo tu nombre y primer apellido para arreglarlo más tarde a la hora de cuadrar ventas. La mayoría, sin embargo, rechazan tu nombre, la tarjeta o el QR que muestra que tú ya has pagado ese ejemplar y que lo has establecido como un ritual. Entienden de la acumulación de papeles y las monedas a cambio y no de lo rutinario.

Vencer a la brevedad, vencida por la brevedad

No siempre me apetece, me ha apetecido o me apetecerá bajarme a la plaza a por el ejemplar del sábado si puedo mirarlo en el móvil. Pero sé que me distraigo por el camino si echo mano al bolsillo, que al lado de la aplicación del periódico está Instagram y un poco más a la derecha Tiktok; luego X y con eso el culmen de la dejadez (que ya me lo están contando desde la perspectiva que me interesa, no me hace falta darle una vuelta ni leerlo, omito los detalles y entiendo que si opinan por mí, tengo más tiempo para tragarme vídeos cortos uno detrás de otro hasta empacharme).

Lo he entendido como una batalla personal contra la brevedad. Forma parte del pacto tácito con mi padre que ha sobrevivido a la distancia. Cuando me mudé a otra ciudad, hablábamos todos los sábados y los domingos con la misma premisa, “qué te iba a decir… ¿Coges tú el periódico?”. Ahora las conversaciones han vuelto a trasladarse al salón de casa, al momento en el que yo me levanto y él se va, o viceversa.

El otro día me dio la noticia cuando pasábamos por la plaza en coche. “¿Sabes que han cerrado la tienda rosa?”. No, no lo sabía. “No sé dónde vamos a coger ahora el periódico, solo quedan las gasolineras de los negocios de aquí que aceptan la tarjeta”. Es verdad, tampoco soy tan fuerte, ni lo es mi voluntad.

La brevedad me sobrepasa, a pesar de que intente modificar mi rutina forzosamente y hacer las cosas bien. Beber mucha agua, dejar Tiktok, despertarme con la alarma, beber menos café, ser constante, escribir, terminar lo que empiezo, ordenar mis ideas, hacer más deporte, pensar en mi salud mental antes de buscar otro trabajo, ahorrar, viajar, hacer deporte, comer sano, perdonar, añorar, olvidar, disfrutar el momento, hacer journaling, escuchar más al resto, exigirme menos, comprar más en comercio local, comprobar las cosas antes de enviarlas, hacer memoria, dejar Tiktok, beber menos café, añorar, perdonar, buscar otro trabajo.

Pretendo vencer a la brevedad y lo cierto es que ya tengo 23 años y me desperté pensando septiembre, que procrastino igual que con 20 y que de aquí en adelante soy yo contra el mundo laboral, la independencia y los planes acordes a la madurez que mis amigos poco a poco van introduciendo en su rutina. Que dentro de no tanto serán ellos los que les digan a sus esposas, maridos, parejas, compañeros, que fueron a por pan, y de paso trajeron el periódico, y que yo seguiré deseando que a mi padre le dure mucho y más el “compré el periódico, y de paso traje pan”. Que en el momento menos pensado estoy más cerca de los 30 que de los 18, y que hay años que el puto covid me ha robado y que no volverán.

Que ellos se mudarán y aprobarán las oposiciones y yo seguiré pendiente de si en algún momento viviré sin preocuparme por el dinero, si mi amor de ahora es el definitivo, o si aquella idea que pensé ayer a duermevela por fin me convencerá del todo. Que inauguraremos su primer, segundo y tercer piso y yo estableceré cada año una rutina distinta, porque la zona de confort no me reconforta y la brevedad me despierta en un jueves de octubre con el tiempo de ayer vencido.

Ayer olía la tinta de los dominicales de mi abuelo y comía chucherías en la plaza. Mi padre compraba el periódico cerquita de casa y yo le reclamaba mis páginas. Quería ser mayor y ser yo la que comprara cosas para el resto y no que se me fueran los meses como el aire sucio de Madrid y los atascos de la M-30.

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