La Charquita

Mi nombre es Helena Montenegro, soy periodista pero necesitaría veinte párrafos para una carta de presentación, así que hice un blog.

Suenan tacones y huele a comida casera

No quería escribir sobre el fin de año pero supongo que una no puede luchar contras las irrefrenables fuerzas de que sea 31 y haya que comer uvas

Hay una mosca revoloteando por mi habitación. Ha aparecido mientras ponía orden a un auténtico caos para generar un ambiente propicio para el trabajo. Hace frío, pero decido abrir para ventilar y que salga lo antes posible ese bicho tan ruidoso, aunque se que he perdido esta batalla antes de ni siquiera empezarla.

Lo se porque hace un par de semanas me mantuve toda la noche en vela por la misma razón. Estaba a punto de conciliar el sueño cuando un moscardón pasó a escasos centímetros de mi oreja. Pude sentir ese desagradable zumbido que terminó por hundir todas mis esperanzas de cumplir con las ocho horas recomendadas de sueño para rendir al día siguiente. Encendí la luz y lo encontré pegado al techo; una mancha de color negro con el que no me apetecía pasar el resto de la noche. Un invitado indeseado que conquistó su territorio y al que dejé campar a sus anchas mientras hervía un poco de agua para una tila.

I. El moscardón

Pensé en la adicción al teléfono y a cómo me escocían todavía los ojos fruto del cansancio y de pasar demasiadas horas expuesta a contenidos fugaces. Pensé en mi vecina de arriba, la del segundo, que tiene la manía de caminar en tacones desde las seis de la mañana. Yo me la imagino así: suena su alarma, que por suerte no alcanzo a escuchar porque todavía duermo profundamente; se levanta en seguida porque trabaja en el centro y desde aquí suelen formarse atascos imposibles; se empapa la cara un par de veces con agua muy muy fría; y escoge indumentaria. Entonces, sin querer, la escucho recorrer toda la casa. Eran las dos de la mañana y calculaba que todavía le quedaban tres horas para calzarse los tacones, pero mi imaginación se adelantó a aquel escenario realista. La escuchaba a ella, caminando con zapatos de punta y con los pies pesados, y escuchaba al moscardón que había conquistado mi espacio con la simple privación del sueño.

Renuncié a seguir perdiendo el tiempo haciendo scroll infinito hasta que ese bicho se fuera por la ventana. Estaba dispuesto a resistir, y yo estaba dispuesta a ganar. Apuré las últimas gotas de tila de un sorbo y fui a buscar el insecticida. Rociar la habitación me daría de margen quince minutos, que es lo que tardaba más o menos la habitación en dejar de apestar a químico y al bicho de morirse. Me daría margen de sobra como para seguir resistiendo la adicción e imaginar la rutina de mi vecina del segundo, que en apenas tres horas me despertaría pasando en tacones por encima de mi cabeza.

Fui a mi cuarto y busqué al moscardón. Era negro, como mis estanterías, y se camuflaba entre el espectáculo acumulativo de objetos aleatorios que convierte las tareas de limpieza en un trabajo de media jornada. Lo veía, le apuntaba y disparaba. Rabioso, se escabullía y buscaba otro hueco, y otra vez lo mismo. Lo provocaba con la escoba, salía, apuntaba y disparaba. Entretanto pensaba en las pocas ganas que tenía de encontrar su cadáver cuando acabara con él, y en la paranoia que arrastraría el resto de la noche si no veía una prueba fehaciente de que había arrancado el problema de raíz.

II. La comida de mi abuela

Hoy no estoy dispuesta a concederle ese placer. Además, como estoy bastante más despierta y necesito afrontar toda la tarea que tengo por delante, me urge ignorar ese zumbido incómodo que baila con mis oídos. Esta vez simplemente he decidido abrir la ventana y dejar que se tome su tiempo, que será largo, porque llevo un mes de viaje y la habitación acumula tanto polvo que me pica la nariz y tiene entretenimiento para rato.

Abro la ventana y en seguida noto cómo se despierta mi olfato. Huele a comida casera, de esa que cocinaba mi abuela cuando era pequeñita y comíamos en su casa todos los domingos. Mañana es Nochevieja y hay quien se toma su tiempo entre los fogones. En seguida se me despierta el apetito, pero yo quiero concentrarme y quitar de en medio aunque sea una sola de las cosas que alimentan mi lista de tareas que debería haber tachado antes de que acabara el año.

Pienso en mis propósitos, en cómo este año renuncié de nuevo a la independencia y de lo difícil que es irse de casa antes de los treinta en Madrid. Pienso que tengo suerte de vivir aquí, a pesar del agobio, del ruido y del humo, de los atascos que separan a la sierra de la capital infinitamente, y de cómo los fines de semana se da la vuelta a la tortilla y no hay manera de moverse en nuestro propio pueblo. Pienso en la distancia que solo salva un beso a destiempo a bordo de dos autobuses y un billete de avión y en la pena de las palabras que no pronuncié hace más de un año.

Pienso que es el primer año que no nos sentamos todos a la mesa, que todos estaremos un poco tristes pero lo disimularemos. Que será la primera cena de Navidad que mi abuelo no encenderá la tele y me dirá, “mira, algún día te veremos ahí seguro”, ni me meterá billetes doblados en el abrigo a escondidas de mis padres. Será año nuevo y pensaré en todas las cosas que he dejado por hacer el año anterior, porque últimamente todo son frustraciones arraigadas a una lista de propósitos que nunca cumplo.

Mi abuela cocinará igual de rico que lo hace siempre. Me encantaría poder guardar en un botecito el olor de su casa cuando llegamos a mediodía después de toda una mañana cocinando porque se que dentro de diez años lo echaré de menos y no volveré a comer unos macarrones iguales. Hay sabores que solo existen una vez en la vida.

III. No tengo lista de propósitos

Este año cumplo 24. Es como si los años se me escaparan entre los dedos. Quisiera soplar todas las velas que algún que otro año no puse en la tarta. Revivir mis diecisiete, abrazar como en los veinte, discutir como a los quince y volver a querer como a los veintitrés. En este punto, haría una lista de propósitos. Ya lo hice más o menos en otro post que subí por aquí, pero se que no me serviría para nada. Esta frustración es casi tan fastidiosa como ese moscardón que te agita en medio de la duermevela y te priva del sueño durante las siguiente dos horas.

Quisiera soplar las velas, estas y las de todos los años, que abriera la ventana y oliera a comida casera y yo pensara en mis abuelos, o que los besos no viajaran hacia el Adriático. Quisiera amar como amaba por primera vez, un poco torpe pero con todas mis fuerzas, que no se me hubieran quedado por el camino y no estuviera atragantada con miradas que se esquivan de lejos cuando nos cruzamos. Quisiera escribir sobre lo que lloré, escuchar esas canciones y sentirme como la primera vez o acordarme de todos esos discos que he ido olvidando.

Quisiera aprender muchas cosas y acordarme de muchas otras, sentirme bien conmigo misma y hacer las mismas cosas de siempre con el amor de antes.

Unas notas de cosas que sí quiero hacer este año: querer mucho, usar menos el móvil, evitar todo lo posible el insecticida, y abrir todos los días las ventanas para alimentar la imaginación.

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